Un viaje a Siberia a 40 bajo cero

La ola de frío extremo que sufrimos estos días, y que hace que lo que más apetezca sea quedarse en casita al calor de la chimenea, dicen que se debe a una lengua de aire procedente de Siberia. Debe ser verdad, porque hacía tiempo que no se veía algo parecido. En todo caso, nos viene a recordar que lo que estábamos viviendo en este seco y cálido invierno no era lo normal, lo normal en invierno es que haga frío.

A mi me recuerda un viaje que tuve ocasión de hacer al final del invierno o principios de la primavera de 1991 a la antigua URSS. Estaba yo preparando un reportaje sobre las relaciones comerciales y las inversiones de España en la Rusia de Gorbachov, y surgió la oportunidad de visitar in situ una de esas operaciones: una línea de fabricación de jeringuillas hipodérmicas que había sido instalada en plena Siberia por una empresa española propiedad de Manuel Jalón, el visionario inventor de la fregona fallecido hace unas semanas.

Faltaban aún unos cuantos meses para el golpe de Estado fallido que acabó con Mijail Gorbachov y encumbró a Boris Yeltsin. La Unión Soviética vivía la etapa final de un largo deterioro económico, que era evidente en lo espartano y desgastado de las instalaciones y equipamientos. Fernando López, el veterano fotógrafo de la revista en la que trabajaba, y yo viajábamos acompañando a dos directivos de la empresa española, ambos experimentados en viajes a la URSS. En Moscú, ya con 12 grados bajo cero y un fuerte temporal, hicimos una escala técnica antes de continuar viaje hacia Tjumen, la capital petrolera e industrial de Siberia, bastante al Este de los Urales.

Quienes han viajado en un vuelo internacional de Aeroflot, la compañía aérea ex soviética y ahora empresa de bandera de Rusia, no saben lo que es –o era en esos tiempos- el transporte por aire en vuelos interiores en la URSS. Los Tupolev eran ejemplos volantes de la ingeniería soviética, duros, pesados, fiables y sin concesiones a la comodidad del pasajero. Para los rusos, coger un avión era parecido a tomar el autobús de línea, dadas las inmensas distancias de aquél país. La azafata que te recibía y “atendía” tenía el ceño y los modales que uno hubiera esperado de una gobernanta de un campo de castigo en el Gulag. El catering de a bordo se reducía a una especie de cacillo de plástico, por supuesto reutilizado muchas veces, lleno de… ¡gaseosa! Ninguna otra bebida ni comida estaba disponible, y pedirlo era arriesgarse a una mirada fría y displicente de la azafata-gobernanta.

Yo, al subir a aquél avión, me despojé de mi grueso abrigo plumífero neoyorkino y del gorro de piel de zorro ruso, un poco mal curada, con que me habían obsequiado los colaboradores de nuestros anfitriones a la llegada a Moscú, y deposité ambos en el compartimento sobre mi asiento. Al rato de despegar observé, sin embargo, que el resto de los viajeros conservaban puestos sus gruesos abrigos y gorros, y no tardé en descubrir la razón: la temperatura de la cabina no superaba los diez grados sobre cero, por lo que no tardé en levantarme en busca de mi abrigo y gorro de piel.

Eso sí, resultaba impresionante la habilidad de aquéllos pilotos de Aeroflot para tomar tierra en una pista con una capa de hielo de diez o veinte centímetros , sin patinar y deteniendo el avión a tiempo. Abiertas las puertas, salir al exterior significaba afrontar una temperatura de unos 38 grados bajo cero, que en el transcurso de la noche llegaba a superar los 40 bajo cero. Aún así, del avión a la pequeña terminal tuvimos que tomar una jardinera, sin calefacción, hasta el frío edificio y el coche que nos llevaba al hotel. Un coche que, como los demás, circulaba sobre un asfalto de hielo, en un paisaje llano, blanco y helado en el que sin embargo era posible distinguir a lugareños siberianos desafiando las bajas temperaturas y pescando en agujeros hechos en el hielo de los lagos.

La fábrica y el vodka
40 bajo cero es un frío demencial, que te hiela la cara y las ideas, te congela las lágrimas y que sólo te permite andar deprisa de la calefacción de un edificio a otro. La ciudad de Tjiumen, fea y funcional, está llena de tuberías cubiertas de hielo que llevan agua caliente desde la central térmica a las calefacciones de los edificios. La energía abundante es allí la única posibilidad de sostener la vida. Visitamos la fábrica de material médico y brindamos con obreros y directivos tras la inauguración. En aquélla fábrica de los tiempos de Stalin se producían unas jeringas soviéticas que hubieran hecho temblar a un caballo. El proceso productivo de las agujas consistía en extruir y doblar tiras de metal hasta cerrarlas y soldarlas formando un estrecho tubo de un milímetro o más de diámetro. La nueva maquinaria española, totalmente automatizada, permitía fabricar agujas de medio milímetro o menos, lo cual era sin duda un gran avance y llenaba de agradecimiento a aquéllos rusos.

Así que aquélla noche, en un edificio gubernamental, nos ofrecieron un banquete de agradecimiento, de treinta o cuarenta personas. Al sentarse a la mesa, cada comensal tenía frente a sí una botella de vodka de medio litro. ¡Cada comensal! Pronto empezaron los brindis, con un ruso o un español haciendo votos por la amistad ruso-española y el gran futuro de la cooperación, y en cada brindis un chato de vodka al cuerpo. Los rusos son gente cálida y juerguista, así que sólo necesitaban unos cuantos españoles para montarla a lo grande. Entre plato y plato, que por cierto incluían auténtica ensaladilla rusa, todos los comensales se levantaban para cantar y bailar al son de un acordeonista que cantaba canciones tradicionales rusas, tipo Occhi Chornia y similares. El buen rollo y la simpatía eran las notas dominantes, incluidos los coqueteos de las rusas encantadas de tratar con extranjeros y también la conversación de algún ruso que te pedía ayuda para emigrar a Occidente.

Orejas congeladas
La noche acabó como tenía que acabar dadas las provisiones de vodka, con una borrachera colectiva monumental. A Fernando y a su bolsa de cámaras, no creo que se enfade si lo cuento, le tuve que llevar en volandas y acostarle en su cama del hotel, porque estaba prácticamente sin conocimiento. Luego nos hemos reido mucho al recordarlo.

El regreso a Moscú fue bastante resacoso. Al salir de la terminal de Tjiumen para abordar el avión, se caminaba por la pista a 38 ó 40 bajo cero. Yo, craso error, había guardado mi gorro de piel en la maleta, y salí a la pista sin gorro, encogido y mirando la espalda del que iba delante, hasta subir al avión y sentarme. Pero no veía alrededor a mis compañeros de viaje, así que le pregunté a una azafata si aquél era efectivamente el avión a Moscú. “¿Moskva? ¡Niet Moskva! ¡Leningrad!”, me dijo algo cabreada. Con el frío, me había despistado de la fila de pasajeros correcta y me había metido en un avión a Leningrado. Así que bajé de nuevo a la pista helada, y fui recorriendo los aviones aparcados y preguntando a las tripulaciones hasta dar con el de Moscú y reunirme con mis preocupados compañeros. No fueron más de cinco o diez minutos a la intemperie, sin gorro, pero sufrí un principio de congelación en las orejas que hizo que me estuvieron doliendo durante varias semanas.

En Moscú nos recibieron una guía bastante simpática, Liuba me parece que se llamaba, y un intérprete y colaborador de nuestros anfitriones que resultó ser un niño de la guerra civil, de aquéllos españoles de la zona republicana que fueron enviados a Rusia para librarles de la guerra y que se quedaron a vivir como rusos. Nos contó historias interesantes, nos acompañó a comprar caviar al mercado negro, y pudimos pasear, ¡ya a unos confortables 12 bajo cero!, por la Plaza Roja y la calle Arbat. Algún día espero regresar por allí con más calma.

Eso sí, aprendimos que lo que aquí llamamos una ola de frío siberiano ¡es un juego de niños al lado de la verdadera Siberia!



Un comentario para este post
  • Fernando Lopez Garcia
    25 febrero, 2012 en 2:12

    Yo estuve allí. Era mi segundo viaje a la antigua Unión Sovietica, después de la escala técnica en Moscú , nos dirigimos a Tjiumen y cuando tomamos tierra era ya de noche . Empezamos a salir del avión y la única jardinera que había se llenó, con lo cual un grupo de pasajeros nos quedamos esperando que llegara de nuevo a recogernos . En ese tiempo de espera en la pista , con un frió sobrecogedor , miré hacia atrás y vi como salía por la puerta del avión como una nube blanca a presión debido a la diferencia de temperatura . Esa imagen la tengo en la retina , era la primera señal del frío siberiano. Los pasajeros que estabamos esperando a que nos recogieran , empezamos a dar saltitos y a hacer todo tipo de movimientos para intentar mantener el poco calor que nos quedaba ya. Cuando subimos a la jardinera empezamos a hablar y fué mi segunda imagen impactante , no nos veíamos entre nosotros las caras y estabamos hablando a una distancia normal de unos cuarenta centímetros , parecía que estabamos entre nubes del vapor que soltabamos al hablar.
    Y por fin llegamos al hotel , sobre las once y media o doce de la noche . Ya instalados en nuestras habitaciones , llamé a mi compañero Jaime y los dos sentíamos el estomago vacío , pero en aquel hotel no había nada a esas horas para comer. Por mi experiencia en anteriores viajes a la Unión Sovietica , yo llevaba un Kid de supervivencia para momentos como este y le dije a Jaime que viniera a mi habitación , pues yo había traído un chorizo de guijuelo , queso manchego , galletas y una botella de Jhony Walker etiqueta negra . ” Nos dimos un festín y como no había minibar , el hielo lo cogiamos del exterior de la ventana .
    También recuerdo , que nos enseñaron a respirar con la bufanda puesta en nariz y boca , para que el aire nos entrara más caliente y en varias ocasiones que saqué la nariz de la bufanda , respiré y sentí que me entraba el aire hasta el ombligo ,como si fueran cubitos de hielo ,era una sensación agridulce , extraña . Tambien aprendimos que hay que llavar un buen gorro de piel , ya que decían que el 80% del calor del cuerpo se va por la cabeza .
    En la visita a la fábrica , se veía la diferencia de dos épocas muy distintas . La que había y la que íbamos a inaugurar , que era como una isla de modernidad dentro de la propia fábrica . Y después había una cena.
    Todo el mundo con un aspecto muy correcto y formal , con la corbata en su sitio y la chaqueta bien puesta . Había un jefe de mesa que era el que daba la palabra a los asistentes sovieticos y españoles y cada uno de los que intervenía resaltaba con gran entusiasmo , las magnificas y futuras relaciones hispano-sovieticas y siempre se brindaba con vodka . Terminamos de cenar , empezó un baile , y aparecieron trabajadores/as de la fábrica . Ya el aspecto correcto y formal del principio se había olvidado y parecíamos todos amigos de toda la vida ( al ver las fotos , ya en Madrid de esa noche había una gran diferencia entre las primeras, correctos y formales y las últimas con las caras ya juntas, el botón de la camisa desabrochado , la corbata a un lado y todos agarrados unos a otros ).
    Cuando aquello terminó recuerdo ir a recoger al guardarropas nuestras prendas de abrigo y el macuto con las cámaras . Me incliné para cogerlo y mi cara aterrizó en el suelo . Fué uno de esos golpes que sabes que te la has pegado , pero el vodka tiene sus bondades y de pronto estaba mirando hacia arriba pensando , pues no siento mucho dolor , y había un circulo de caras mirándome. Me levanté y lo llevé con la mayor dignidad posible . Jaime , mi compañero me quitó el peso de las cámaras y las llevó él hasta el hotel .
    Cuando sonó el despertador , que no había amanecido , noté cierta molestia en la naríz. Al verme en el espejo del baño dije ¿ Esto ? Media nariz morada . ¿ Que ha pasado ? desde que fuí a coger el macuto con las camaras , no recordaba nada .
    Ducha rápida , recogida de ropa y sonó el teléfono . Me avisaban para que bajara al Hall, que ya era la hora para ir al aeropuerto . Pero yo daba vueltas de un lado a otro y no conseguía terminar de hacer la maleta .
    Para mí , unos instantes después , alguien llamaba a mi puerta . Al abrirla , aparecieron dos rusos que no conocía , vestidos con un trescuartos de cuero , hablándome en ruso con aspecto de ser de la KGB, diciendome algo así como que tenía que darme prisa y lo de la maleta fué rápido . Bajamos al hall y allí ya no había nadie , ya se habían ído todos para el aeropuerto. Me metiron en un lada , y yo pensaba me llevarán al aeropuerto, como así fué.
    Estaba amaneciendo , fuimos a embarcar andando por la pista hacia el autobús que nos llevaría a nuestro avión . Hacía un frío terrible , y según ibamos todos andando ví que Jaime iba detrás del que tenía delante . Nuestro grupo entró en nuestro autobús y Jaime solo seguía al que tenía delante , que se íba en otra dirección . Empezé a llamarle , pero no me oía y veo que nuestro autobús arranca con nuestro grupo . Continúo llamándole , pero no me oye y pienso ¿ que hago ? ¿corro a buscarle y nos perdemos los dos? o miro a ver a que avión va nuestro autobús y me dirijo a él andando y le reclamo desde allí. Y me fuí , sin perder la vista de mi autobús . Él frío que sentí en esos momento , mientras iba andando por la pista hasta que subí al avión , era nuevo para mí . En ese camino , que se me hizo eterno sentí el mayor frío de mi vida.
    Cuando subí al avión le dije a nuestro traductor que mi compañero se había confundido y se había ído a otro avión , que se lo dijera a la tripulación , y así lo hizo.
    Al llegar a Moscú y según bajamos del avión sentí una sensación muy agradable de 12 grados bajo cero . Nunca lo hubiera pensado.



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