El Fraga que yo conocí

Cuando comenzaba a trabajar en esto del periodismo, allá por mediados de los ochenta, tuve ocasión de tratar y aprender de periodistas veteranos, de los que habían vivido su plenitud profesional en los años sesenta y primeros setenta. Más de una vez les escuché algún exabrupto sobre Manuel Fraga, aquel ministro de Información y Turismo cuya Ley de Prensa les obligó durante años a medir bien sus palabras publicadas, si no querían sufrir multas, secuestros de ejemplares e incluso cierres de Medios. Es verdad que, antes de Fraga, lo que había era censura previa pura y dura. Pero entre los méritos del recién fallecido Manuel Fraga Iribarne no estuvo precisamente el traer a España la libertad de prensa de la que disfrutamos.

Yo tuve ocasión de conocer a un Fraga mucho más reposado y amigable, en su retiro dorado de la Presidencia de la Xunta de Galicia. En un par de ocasiones, siendo yo director de una importante revista de economía y negocios, compartí con él en Santiago de Compostela algunas de esas cenas en las que se reunían empresarios y autoridades locales para ensalzar el espíritu emprendedor de los gallegos y la buena marcha de su economía. El trato de Fraga era impecable: puntualidad británica, máxima cortesía, y cordialidad siempre aderezada con un punto de impaciencia. Él cerraba el acto con su discurso pronunciado con la soltura que dan los años bajo los focos, y todos sabíamos que antes de que dieran las doce el Presidente se levantaba sin más preámbulos para dar por concluida la reunión y su jornada.

Pero entre plato y plato, a Fraga había tiempo para tirarle de la lengua, sabiendo que su conversación era un campo de minas en el que convenía saber dónde se pisaba. En una de esas ocasiones, en el Hostal de los Reyes Católicos de la Plaza del Obradoiro, hablamos de una de las obras de las que siempre se sintió más orgulloso, la Red de Paradores Nacionales creada a partir de los años veinte, pero que durante la fiebre turística de los sesenta, con Fraga de ministro del ramo, vivió una época de esplendor y nuevas aperturas.

Aquel proyecto, me contaba Fraga, le dio la oportunidad de patearse toda España de ruina en ruina, en busca de edificios de valor histórico que había que rescatar del abandono. Entre ellos, el viejo Hostal de los Reyes Católicos y hospital de peregrinos en cuyo Salón Real nos encontrábamos. “Cuando entramos en esta misma sala en visita de inspección, todo estaba lleno de viejas camas, basura y polvo, un desastre. Pero el edificio merecía un destino mejor, y se lo dimos”. No podía ocultar su orgullo al contemplar ese mismo salón histórico, cuarenta años después, restaurado, reluciente y lleno de actividad.

Ese fue el Fraga que yo conocí, y en el que pude apreciar destellos de su talla de gran hombre público, aquel a quien, como dijo su gran adversario Felipe González, “le cabe el Estado en la cabeza”. Y vaya si le cabía.



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